Una ofrenda al cielo.
Sonaba la campana escolar,
y se escuchaba la muchachada,
todos corriendo a la salida,
ansiosos para ir a jugar.
Y en aquella antigua ciudad,
vivía un árbol sagrado,
quien lo habrá plantado,
me pregunto por curiosidad.
Aquella Ceiba tan grande,
Parecía eternamente verde,
ofreciendo su sombra amigable,
y una frescura tan agradable.
En ella, las cigarras lloraban,
con nostalgia, e incesantes,
en sus ramas se habitaban,
rociando a los caminantes.
Cuantos Abriles habrán pasado…
a cuantos les dio su bienvenida…
abrigando al viajero cansado,
regalando una sonrisa de despedida.
Fue testigo de la felicidad,
cuando en la alborada,
un indio beso a su amada,
abrazados juntos en su mocedad.
En aquel rincón del cielo,
como desafiando a la historia,
sus ramas tocaban la gloria,
aquella novia sin velo.
Reía, en época de inocencia,
y lloro al verter su savia,
ante el trueno desconocido,
dejando un eco en el olvido.
Ceso su rica fragancia,
y el leve caer de su verdor,
quedo atrás, como mi infancia.
desnudando su dolor.
Como una cruz de sacrificio,
quedo el árbol adolorido,
arrebatado de su hogar y espacio,
florecerá, solamente, en el olvido.
RiGal 03/28/07