“La Descarnada”

La Muerte

Leyenda de La Descarnada

LA DESCARNADA

Por RiGal

        Don Tadeo se levantaba a buen cinco de la mañana, todos los días, de lunes a sábado, en aquel “friazo” mañanero, que hacía en aquel pueblo de calles empedradas, para ir a arrancar su viejo autobús, el cual partía de la terminal a las seis de la mañana, con rumbo a Sonsonate.

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Las Manos de mi madre…

 Las Manos de Mi Madre

de Alfredo Espino

Manos las de mi madre, tan acariciadoras,
tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras.
¡Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman,
las que todo prodigan y nada me reclaman!
¡Las que por aliviarme de dudas y querellas,
me sacan las espinas y se las clavan en ellas!

Para el ardor ingrato de recónditas penas,
no hay como la frescura de esas dos azucenas.
¡Ellas cuando la vida deja mis flores mustias
son dos milagros blancos apaciguando angustias!
Y cuando del destino me acosan las maldades,
son dos alas de paz sobre mis tempestades.

Ellas son las celestes; las milagrosas, ellas,
porque hacen que en mi sombra me florezcan estrellas.
Para el dolor, caricias; para el pesar, unción;
¡Son las únicas manos que tienen corazón!
(Rosal de rosas blancas de tersuras eternas:
aprended de blancuras en las manos maternas).

Yo que llevo en el alma las dudas escondidas,
cuando tengo las alas de la ilusión caídas,
¡Las manos maternales aquí en mi pecho son
como dos alas quietas sobre mi corazón!
¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas!
¡Las manos de mi madre perfuman con terneza!

Una Ofrenda al Cielo

Una ofrenda al cielo.

Sonaba la campana escolar,
y se escuchaba la muchachada,
todos corriendo a la salida,
ansiosos para ir a jugar.

Y en aquella antigua ciudad,
vivía un árbol sagrado,
quien lo habrá plantado,
me pregunto por curiosidad.

Aquella Ceiba tan grande,
Parecía eternamente verde,
ofreciendo su sombra amigable,
y una frescura tan agradable.

En ella, las cigarras lloraban,
con nostalgia, e incesantes,
en sus ramas se habitaban,
rociando a los caminantes.

Cuantos Abriles habrán pasado…
a cuantos les dio su bienvenida…
abrigando al viajero cansado,
regalando una sonrisa de despedida.

Fue testigo de la felicidad,
cuando en la alborada,
un indio beso a su amada,
abrazados juntos en su mocedad.

En aquel rincón del cielo,
como desafiando a la historia,
sus ramas tocaban la gloria,
aquella novia sin velo.

Reía, en época de inocencia,
y lloro al verter su savia,
ante el trueno desconocido,
dejando un eco en el olvido.

Ceso su rica fragancia,
y el leve caer de su verdor,
quedo atrás, como mi infancia.
desnudando su dolor.

Como una cruz de sacrificio,
quedo el árbol adolorido,
arrebatado de su hogar y espacio,
florecerá, solamente, en el olvido.

RiGal 03/28/07