
Tema de discusión, para los Latinoamericanos que residen en los EEUU
Por RiGal 07/30/11
Al platicar o conversar sobre los diferentes temas, y sobre todo, las diferencias culturales, es de suma importancia mantener una línea de pensamiento bastante amplia, porque es fácil caer en el error de generalizar con el fin de mostrar un argumento peculiar.
Aunque el titulo dice “latinoamericanos”, me limito a mantener un tono más guanaco. Para facilitar la comprensión y expansión del tema. De antemano, se refiere a la experiencia de los salvadoreños en la diáspora y para ser más específico en los Estados Unidos.
Las diferencias “raciales”, culturales y mejor dicho étnicas, son relativamente mínimas, ante los ojos de los diferentes grupos sociales, o multiculturales. Aun cuando entre nosotros mismos veamos un mar de diferencia entre una ciudad y otra para los de “afuera”, todos somos “mexicanos”.
Confundir a un mexicano por salvadoreño o guatemalteco es un insulto, y viceversa, aunque los procedentes de Centroamérica y Sudamérica ya están más acostumbrados a ser confundidos diariamente como mexicanos.
Tal vez este asunto sea -a simple vista de sentido común-, pero se convierte en algo más complejo cuando se le agregan los hijos nacidos en territorio extranjero. O en el mundo de estar políticamente en lo correcto de cómo llamar a otro individuo.
Sea en inglés o castellano, los diferentes términos denominadores, suelen brindar una especie de molestia para algunos, al estar sujetos a otros términos.
Culturalmente hablando, nosotros hacemos lo mismo al llamar a todos los de descendencia asiática “chinos”, en vez de identificar su respectivo origen, sean desde coreanos, japoneses, tailandeses, vietnamitas, filipinos, y por supuesto chinos (de China).
He aquí algunos ejemplos de lo que podemos ser generalmente llamados nosotros los salvadoreños:
Mexicanos (mexicanos), Latinos (latins), Hispanos (hispanics), Chicanos, Pochos y Latinamerican (latinoamericano). Como en todo grupo étnico también existen términos despectivos como “wetback” (mojado) y “beaner” (frijolero). Entre los jóvenes existen otros como “cholos” o “eses”.
Se ha llegado al barbarismo de pensar que la lengua que hablamos es “mexican” en vez del castellano o español. Pese a las diversas aclaraciones, muchos grupos adoptan una posición incorregible y pesimista y se empecinan a seguir clasificando de una forma general y recalcitrante.
Además existe un fenómeno de auto-negar, dentro de las mismas comunidades de descendencia latinoamericana, negando su descendencia sea por vergüenza o por ignorancia, alejándose de sus costumbres para adoptar otras pensando que de esta forma están “desarrollando” o “progresando”.
Aun dentro de las comunidades latinas existen clases sociales que implican discriminación, o aceptación entre los mismos. Un latino a otro puede llamarle “indio” en tono racista y denigrante. De igual forma que un salvadoreño puede llamarle a otro “cholero”, indicando superioridad social.
Por fortuna, a medida que pasan las décadas, vamos saliendo de la obscuridad intelectual y adoptando criterios más amplios, tanto personales como de naturaleza comunitaria.
En los Estados Unidos continuamos siendo clasificados en todos los aspectos sociales, laborales y de liderazgo. Sobre todo laborales. Por ejemplo en Los Ángeles, y otras ciudades metropolitanas son donde existen las mayores cantidades de segregación comunitarias, en parte debido a la competencia obrera, fuera y dentro de los sindicatos o agencias.
Es precisamente en este tipo de ambiente en que la temperatura puede subir al ser llamados lo que no somos, gracias al consenso despectivo y en forma popular, el odio mutuo que se fomenta a nivel colectivo. Agréguese a todo esto, los otros problemas migratorios, para echarle limón a la llaga y surgen los reclamos.
Independientemente de si los términos son correctos, o son aceptables, en base de contexto histórico y político o social, al final de día, no nos cambian. Ultimadamente los que salen afectados son aquellos quienes se rehúsan a educar expandir su razonamiento.
En lo personal, cuando alguien me agrega el título de mexicano, no me molesta ni protesto, no me enaltece ni me degrada, pues entiendo que el interlocutor ignora mi origen étnico y simplemente me incluye en lo común. Por mucha lejía que me eche en el pelo no voy a aparentar ser de origen europeo y actuar como tal, simplemente denotaria mi crisis de identidad e inconformidad por quien soy o como soy.
Aunque orgulloso por la virtud de haber nacido en una región actualmente llamada “el salvador”, no me garantiza ser mejor o peor que mis semejantes. Mis rasgos físicos y culturales valen mucho y soy feliz por los grandes tesoros (en su mayoría aun no descubiertos o ignorados) que guarda mi etnicidad.
Opino que existen formas de enaltecer y fomentar nuestro patrimonio cultural, sin necesidad de salir a la calle y gritar: “¡viva la raza!”