LA SIGUANABA
A Punto de salir del pueblo y embocar el camino que llevaba al rancherío del Sitio, comenzó a sopiar un viento de lluvia. Cargado de nubarrones estaba el cielo, circunstancia que hacía que la obscuridad fuese más intensa, más impenetrable. El tío Hilario regresaba a su vivienda, más tomado, esta vez, de lo que le era habitual. Iba caballero, desmadejado en su macho retinto.
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Anda la bruja Cegua gritando
Anda la bruja Cegua* gritando
Poema de Augusto Morel
En el cerro del Crucero
estaba la chavala guapa
vestido de fina seda
zapatos tacón de aguja
“La Descarnada”

Leyenda de La Descarnada
LA DESCARNADA
Por RiGal
Don Tadeo se levantaba a buen cinco de la mañana, todos los días, de lunes a sábado, en aquel “friazo” mañanero, que hacía en aquel pueblo de calles empedradas, para ir a arrancar su viejo autobús, el cual partía de la terminal a las seis de la mañana, con rumbo a Sonsonate.
Los verdaderos mitos, cuentos y leyendas del antiguo pueblo.
Por más de un siglo, se ha hecho referencia a los cuentos, mitos y leyendas de El Salvador, basado en lo que existe en los libros, escritos por algún intelectual capitalino, quien su cercanía al monte tenía lo que Paquita La Del Barrio tiene al campo de astrofísica. Por lo tanto nuestra recolección de datos en su mayoría, encuentra un marco básico en algún libro. Seamos honestos, la mayoría crecimos oliendo a humo de autobús.
Sin intentar desacreditar, mucho menos menospreciar, las obras de nuestros escritores, es preciso analizar, el proceso de recolección de datos, pues dudo que alguno de ellos haya tenido una entrevista con la Siguanaba, hablando en un plano realístico. Supongo que habrán tenido entrevistas con algún campesino, con algún indígena o a lo mejor con alguien con una florida imaginación, dispuesto a llenar los espacios de la duda.
Una de las ventajas de la infancia, es el estado de inocencia y de fantasía, que existe en nuestras mentes, es precisamente ese periodo mágico, que se presta para que nuestros tíos y abuelos nos cuenten, lo que a ellos les contaron siendo niños, pues ya grandes, existe una barrera de incredulidad, máxime cuando se porta un carnet académico, que extiende un brazo, en señal de deténgase.
Me pregunto si alguien vio al Cadejo, o alguna de sus manifestaciones, o a la Sigua, Siguanaba, Siguamonta. En dicha dimensión también se hablaba de, El caballo blanco, la carreta bruja, La descarnada, La Llorona, El caballero de la noche, El Cipitín, El decapitado.
Me atrevo a contestar que todos los hemos visto, en la pantalla de nuestra mente, pues no existe ningún mestizo que haya crecido sin alguna especie de “cucuy” en su desarrollo infantil.
Cuando vivía en Ahuachapán, en el barrio San Sebastián, en la cuadra había una serie de establecimientos, entre ellos, estaba la tienda de la esquina, que era el negocio de mis parientes, y al lado estaba otra tienda que también era de unos tíos. Cerca del mercado (viejo, que se quemó) y de la terminal de autobuses que partían para los cuatro puntos cardinales, cantones, pueblos, ciudades y la gran metrópolis capitalina. Lo cierto es que la tienda de mi tía, en días Domingos se llenaba de campesinos, quienes antes de regresar al cerro, pasaban a echarse una su “caguama”, en compañía de sus amistades, a compartir una variedad de temas y sucesos que ocurrían a su alrededor. Era muy común, escuchar aquellos cuentos, tan vivos y tan reales, y palpar la realidad en aquellas historias. Siendo apenas un niño de unos nueve años, sin interrumpir, escuchaba aquellos cuentos, por parte de quienes sin querer impresionar o convencer a alguien, contaban como algún espanto les había salido en el campo.
Recuerdo a una señora, le llamare ‘la niña Juanita”, una señora de piel morena, bajita de estatura, sin dientes, con una trenza hasta la cintura, de pelo negro azabache, descalza, de cuerpo que reflejaba el haber parido a más de diez cipotes, de ojos achinados y perfil aguileña. Dicha señora los Domingos también llegaba al local, a echarse sus “talaguashtasos” y conversar animadamente, con aquella variedad de gente, sin ningún tipo de malicia, hubo más que otro bolito que alguna vez, ya entrado en traguitos la vio como dulcinea, y no falto uno que otro que se haya ido con los dientes en la manos, después de sendos leñazo en la trompa, porque eso sí, su garrote al lado, nunca le faltaba. Esta señora me conto una vez, que había visto a la Descarnada, y al Cadejo, en distintas pero repetidas oportunidades. Lo juraba besando el signo de la cruz por la memoria de su progenitora, que en una oportunidad, caminando cerca del rio, mientras andaba recogiendo leña, vio un animal en forma de venado, que yacía muerto en la quebrada, su curiosidad al ver un animal que no era ni perro ni vaca, la obligo a acercarse más para averiguar qué y de quien era aquel animal, pues tal parecía ser un potrillo desbocado, pero no, contaba, no era ni caballo, ni potrillo, ni becerro ni “chucho”, por diosito, juraba aquella anciana. ¿Entonces que era? cuando se le arrimó, vio que era el merito Cadejo, porque le vio los ojos rojos, como si eran carbones encendidos, soltó la leña y “patas pa’ que te quiero”, llego boqueando a la choza, y de pura chiripa no le faltaba ni un “miquito” alrededor del comal. “Que de dicha no miorcó ayi nomas”, decía ella. Ella sentada sobre un costal, manteniendo su distancia contaba su experiencia, ante el asombro de un par de círculos de caballeros quienes se miraban entre sí, como afirmando que si había tenido mucha suerte, en haber escapado de aquel aspecto sobrenatural.
Regresando al tema…No sería bonito, ir a un pueblo, a un cantón, ¿y escuchar este tipo de historias, que se cuentan, por boca de los protagonistas que han visto estos personajes en nuestra campiña?
Otro, concurrente, juraba haber visto el caballo de Don Francisco Menéndez, corriendo en plena ciudad a media noche, en busca de su amo.
Recuerdo, en aquella vieja ciudad, donde en la noche solo se escuchaban los ruidos nocturnos, las cigarras en el cafetal a unas cuadras, el silbido del sereno a lo lejos, algún perro aullando en la lejanía, ocasionalmente alguna lechuza que papaloteaba sus alas al arrimarse al palo de mango, en busca de algún ratón, algún conejo, o una paloma.
Yo creo que las historias no cambiaron, las historias continúan en el mismo lugar. Lo que cambio fue el pueblo, que se infectó de intelecto y una mentalidad importada.
Los mitos, cuentas y leyendas originales fueron cambiados por el dólar, el TLC, el celular, los Nike, la remesa, el bendito partido y ahora hasta la “mentada” mara salvatrucha, que no hubiera perdonado ni permitido escapar a la niña Juanita.
RiGal 12 de Noviembre del 2005 (Rev. 27 de Abril 2011)